Prohibir las redes a menores de 16: ¿es necesario para mejorar la salud mental?
En los últimos días nos hemos sorprendido con esta noticia: la propuesta para la prohibición de redes sociales en menores de 16 años. La propuesta argumenta que las redes sociales generan mecanismos de comparación para los que los adolescentes aún no están preparados. A su vez, se detectan cada vez más casos de ansiedad, desánimo, problemas de sueño y atención en adolescentes.
Al tratarse de un problema de salud mental, se propone esta prohibición de redes sociales para los menores de 16 años de la misma forma en la que se prohíbe el tabaco, el alcohol o conducir.
Sin embargo, ¿son las redes sociales las auténticas causantes de este problema en adolescentes? Si cada vez son mayores los casos de dificultades emocionales, ¿es la solución la prohibición, o como abogan otras personas, la educación?
Este debate es complejo, ya que existen muchos intereses y cada cual utiliza sus argumentos a su favor.
Como psicólogo, acompaño a personas en procesos de cambio y terapia desde hace 15 años. Desde que el uso de la tecnología forma parte estructural de nuestro día a día, y especialmente desde 2020 —cuando la sobreinformación a través de redes y dispositivos móviles creció de forma exponencial— los casos de ansiedad y desánimo también aumentaron en consulta.
Y sí, existe una relación profunda entre estos problemas y el uso del móvil, pero quizá no en el sentido en que solemos plantearlo.
En este artículo vamos a profundizar en este problema según los casos que veo en terapia, con el objetivo de que tomemos consciencia de cuál es el realmente el problema y cómo podemos comenzar a solucionarlo. Si tienes hijos o conoces a personas con hijos y esta dificultad, esto puede ayudarle.
Quizá lo que voy a contarte no te guste cuando lo leas. Sin embargo, el bienestar y el desarrollo de los niños y adolescentes es más importante que un malestar pasajero por nuestra parte.
La ansiedad no es una enfermedad, es un estado de alerta
Antes de señalar culpables, conviene entender qué es realmente la ansiedad.
La ansiedad no es una enfermedad en sí misma. Es un estado de activación del sistema nervioso. Un mecanismo de alerta que se activa cuando interpretamos que hay una amenaza o una sobrecarga.
Ese estado suele estar relacionado con varios factores:
- Dificultades en la gestión emocional.
- Una mecánica respiratoria rápida y superficial (de ahí la sensación de ahogo en el pecho o en la boca del estómago).
- Un estilo de vida que nos mantiene en alerta constante, sobreestimulados y agotados.
Cuando el cuerpo vive en activación permanente, aparecen las consecuencias: cansancio, irritabilidad, problemas de concentración, dificultad para dormir.
¿Es cierto que las redes sociales generan comparación social? Sí. Pero la comparación no nació con Instagram. Forma parte del desarrollo adolescente. El inicio de la adolescencia siempre ha implicado comparación, búsqueda de identidad y ajuste social.
La diferencia no es la existencia de comparación, sino la sobreexposición constante.
El adolescente actual no solo se compara en el instituto. Se compara las 24 horas del día, en un entorno plagado de estímulos, notificaciones y contenidos diseñados para captar su atención.
Y aquí empezamos a acercarnos al verdadero problema.
Ansiedad, desánimo y problemas de sueño: el mismo circuito
La ansiedad es agotadora. Vivir en alerta constante consume enormes cantidades de energía.
Cuando ese estado se prolonga, aparece el desánimo. No porque haya necesariamente una depresión clínica, sino porque el sistema está exhausto.
Al mismo tiempo, la ansiedad nos empuja a buscar estímulos constantes. Saltamos de una notificación a otra. De un vídeo a otro. De un mensaje a otro. Esta hiperestimulación reduce nuestra capacidad de atención sostenida y dificulta enormemente la conciliación del sueño.
El problema, por tanto, no es solo emocional sino también fisiológico y conductual, y no afecta solo a adolescentes.
Prohibición de redes sociales a menores: ¿es un problema de adolescentes o de adultos?
Si observamos con honestidad, veremos que no estamos ante un fenómeno exclusivo de menores de 16 años.
Es un problema cultural, globalizado y transversal.
Adultos que caminan mirando el móvil.
Personas sentadas en cafeterías sin mirarse entre sí.
Padres que recogen a sus hijos del colegio con el dispositivo en la mano, respondiendo mensajes mientras el niño intenta contar cómo le ha ido el día.
Los adolescentes no inventaron esta cultura. La heredaron.
La pregunta incómoda es esta:
¿Estamos intentando prohibir en ellos lo que nosotros mismos no sabemos gestionar?
La verdadera raíz de la adicción tecnológica
Aquí conviene hacerse una pregunta sencilla. Cuando miras redes sociales en el portátil, ¿las consumes igual que en el móvil?
¿Pasas el mismo tiempo? ¿Sientes el mismo impulso?
La mayoría de personas descubre que no ¿Por qué? Porque la adicción tecnológica tiene un doble factor muy concreto: pantalla táctil y uso de los dedos pulgares. Es decir, móvil y tablet (ante todo el móvil, ya que al ser pequeño lo llevamos a cualquier parte).
El diseño del móvil —pequeño, portátil, siempre disponible— convierte el consumo en algo inmediato y continuo. El scroll infinito, las notificaciones sonoras, los microestímulos constantes… todo está diseñado para activar circuitos de recompensa rápida.
Las redes sociales no crean entonces la adicción desde cero, sino que se apoyan en un dispositivo ya configurado para la hiperestimulación en todas sus aplicaciones: redes sociales, apps, juegos, etc.
Instagram y, especialmente, TikTok potencian este mecanismo adictivo mediante el consumo ultrarrápido y fragmentado. No requieren profundidad, ni espera, ni elaboración. Solo desplazamiento continuo. Piénsalo: los usamos cada día, e incluso en las escuelas envían vídeos de tiktok considerando que es una aplicación de uso común y por lo tanto lo normalizamos.
Pero el soporte esencial es el móvil. Sin él, la intensidad del fenómeno se reduce drásticamente. Te lo explico en este vídeo.
Una herencia cultural que no cuestionamos
Si el móvil es el principal facilitador del mecanismo adictivo, entonces la cuestión cambia. ¿Es este un problema exclusivo de adolescentes? ¿O es un problema del mundo adulto que hemos normalizado y entregado como herencia?
Entre los 3 y los 8 años, muchos niños reciben el móvil para entretenerse o para que coman. Comer, sin embargo, es un aprendizaje relacional que se desarrolla mediante interacción y regulación compartida con el adulto. Sustituir esa interacción por una pantalla altera ese proceso.
Entre los 8 y los 12 años, se introducen juegos móviles basados en recompensas rápidas y mecánicas simples. Los videojuegos pueden ser experiencias completas y enriquecedoras cuando implican narrativa, reto, desarrollo de habilidades y gestión de la frustración.
Pero los juegos diseñados exclusivamente para maximizar tiempo de uso no buscan reto ni crecimiento. Buscan permanencia. Y eso genera agotamiento, no aprendizaje.
A los 12 años, llegan las redes sociales.
Pero el circuito ya estaba entrenado.
Más allá de prohibir las redes sociales en menores o educar para su uso
El problema es grave porque hablamos de cerebros en desarrollo.
Pero la prohibición difícilmente resolverá el fondo del asunto. Puede generar mayor sensación de coacción y fomentar el uso oculto por otras vías. Una prohibición de redes sociales para menores intenta protegerles pero, a la vez, el problema continúa y se trasladará a otros ámbitos.
La educación es necesaria, pero quizá insuficiente si no va acompañada de algo más profundo.
No necesitamos enseñar a los adolescentes a usar el móvil como si nosotros lo hubiéramos hecho mejor. Nosotros no crecimos con este dispositivo. No sabemos gestionarlo de forma saludable en muchos casos.
Lo que necesitamos es una toma de consciencia adulta, sobre cómo la cultura de la hiperestimulación tecnológica se ha normalizado, sobre cómo modelamos ese uso delante de nuestros hijos, y ante todo, de que el ejemplo peso más que cualquier norma.
Si los adultos volvemos a mirarnos más y a desplazarnos menos con el pulgar, la interacción natural recuperará espacio. Y con ella, el desarrollo emocional tendrá un entorno más sano.
Quizá el debate no sea si prohibimos redes a menores de 16, sino si estamos dispuestos, como adultos, a revisar nuestra propia adicción tecnológica antes de legislar la de los demás.
Si necesitas ayuda para solucionar la ansiedad, recuerda que puedes agendar una sesión conmigo en este enlace. En esa sesión podremos conocernos, profundizar en tu caso y ver cómo podemos solucionarlo.
Gracias por pensar en ti,
Rubén